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9 de abril conmemoración día de las víctimas del conflicto: Madres de La Candelaria, símbolo cotidiano del coraje

publicado a la‎(s)‎ 14 abr. 2014 16:13 por Admin Comuna 10   [ actualizado el 19 oct. 2014 14:12 ]


Por Carlos Ossa
Fotos: Carlosé, 2013

Esta narración de una protagonista de la Asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria, es un ejemplo de cómo esta sucesión de hechos sociales, son un componente político. Cómo lo político está insertado en las víctimas y demás protagonistas de este desorden social. A nosotros mismos como Fundación Historias Contadas Comunicaciones, FHISCO,  nos sirve de base para integrarnos con el fin de interconectarnos con las demás organizaciones y participar en el desarrollo de la Comuna 10, La Candelaria.

Politizar es entender qué pasa en los entretelones del poder. En las entrañas de la arena política. Todo es político, porque somos sujetos sociales y no aislados.

La Fundación Historias Contadas Comunicaciones, FHISCO, consciente de estos vacíos de cultura política, se ha dado a la tarea dentro de su registro comunicativo, a aportar elementos cognitivos en este sentido.  Es así como exhibe una propuesta con el nombre de “Participación política y aporte al desarrollo, desde las organizaciones sociales”. Fue una de las cinco iniciativas ganadoras en una convocatoria realizada por la Red de Integración para el Desarrollo de la Comuna 10, RID 10, que hace parte de un proyecto de fortalecimiento a 36 organizaciones sociales, con dineros públicos del Presupuesto Participativo de la Alcaldía de Medellín. 

Este pago económico nos proyecta a diseñar este número de la revista con una serie de artículos de interés comunitario que propenda por dilucidar el complejo universo de lo político enfocado a las organizaciones sociales.


UNA ASOCIACIÓN

En una ciudad donde ser sicario produce dividendos económicos y dentro de esa sub cultura del ludibrio ha llegado a considerarse como profesión. No importa que ese rasgo sagrado que le pertenece a la vida sea pisoteado hasta lo canallesco. Y que el alma del victimario, en adelante, no sea más que un pantanero que camina, surgen organizaciones como “Asociación Caminos de Esperanza, Madres de la Candelaria”, donde no sólo defienden al derecho a la vida de sus elegidos vientres, sino el extenso tinglado de todos los desaparecidos. Quizá el sumum del oprobio humano: Borrar por completo la memoria de alguien que habitó alguna vez este planeta. Lo primero que salta de este fenómeno social con el registro de “Asociación Caminos de Esperanza, Madres de la Candelaria”, es la sensación de guapeza. Es el valor civil estirado al máximo. El asunto más difícil de derrotar en el individuo y en el colectivo humano es el miedo. El miedo es el fantasma supremo.

EL PERSONAJE

En el conversatorio promovido por la Fundación Historias Contadas Comunicaciones –sábado primero de los corrientes- escuchamos a la digna representante de esa organización, la señora Teresita Gaviria. Con voz calmada y coherente empezó así su disertación: 

“Nacimos un 19 de marzo de 1999 a raíz de todas las desapariciones del país. Sobre todo en Medellín, por acciones de don Berna. A partir de esas desapariciones forzadas en el oriente antioqueño y en Urabá, iniciamos una serie de pasantías y plantones. Empezamos a gritar consignas: “Los queremos vivos, libres y en paz”. Después vinieron las amenazas: “Cojan destino, qué hacen aquí”. Pero no desfallecíamos. Seguíamos en lo nuestro. Luego vino la marcha a Caicedo  (contra los violentos) donde acompañamos a Guillermo Gaviria (gobernador de Antioquia de ese entonces, secuestrado y asesinado). Éramos 800 personas. Ustedes supieron el desenlace. Manada de cobardes, digo yo ahora, porque en ese entonces no nos atrevíamos a decir nada”. 

La voz de la narradora se iba tornando dramática a medida que se adentraba en los hechos luctuosos. Es esa voz que surge del compromiso. De una responsabilidad que se asume por entero. Es la consecuencia de una toma de conciencia, de que la existencia tiene sentido a partir de la defensa de la dignidad, que, en este caso, asume el rostro de la justicia social. Continúa la narradora:

“En Medellín se nos estaban perdiendo los familiares. Se estaban llevando a nuestros jóvenes. No era una retención de una o dos personas, eran generalizadas: jóvenes, adultos, profesionales, sacerdotes. Lo que cayera mal en el barrio se lo llevaban”.

Su narración era una catarata. El texto no parecía tener punto aparte. Hablar le servía de exorcismo. Sentía que se limpiaba por dentro ese detritus que la injusticia social depositaba en su alma. Saltaba en su pretérito de una situación a otra sin perder el hilo del discurso, como en ciertas narraciones contemporáneas.

“Venía de hacer secretariado en el estadio, donde no sabíamos sino de goles y de los equipos buenos y malos. Todo fue cambiando. Ahora, con una serie de talleres, seminarios, conversatorios sabemos reclamar nuestros derechos. A todos les daba pereza y miedo hablar de las víctimas. Aquí había un régimen de Bernardo Guerra Serna aliado con los ricos del Poblado. Ricos a la fuerza, porque se ganaron la riqueza y la postura por el narcotráfico”.

De pronto, hace una alto y retoma una historia que ofrece muchas puertas, donde todas sirven para instalarse en ella. Se le siente el orgullo de la persistencia, de continuar una resistencia que, independiente de los resultados, le sabe a conquista.

“Empezamos trece mujeres y ya somos 896 personas, que hacen parte de nuestra organización, no lo digo yo, lo dice una base de datos. Las AUC trataron de amedrentarnos y nosotras para adelante. A gritar nuestras consignas porque no sabíamos nada de esa posición. Y lo que nos ha dado solidez ha sido la tolerancia, la paciencia y la dedicación. Trabajamos con seriedad. Todo el mundo amarra el recurso, creen que nos vamos a llenar de plata y eso sí es muy difícil”.

Poco a poco va cerrando la exposición, insistiendo en aquello que es la razón esencial de su lucha política: las desapariciones forzadas.

“El asesinato, las desapariciones forzadas, las violaciones, nos obligó a crear varios bloques. A nuestros muchachos, se los llevaban diciéndoles que les iban a pagar las universidades y a darles trabajo. Ahí está mi hijo. Nosotras nos ganamos el Premio Nacional de Paz, en el 2006. Se nos vino el mundo encima. Pero no tenemos una sede. No hay una pensión básica para la salud. Con todo, cumplimos 180 meses en este forcejeo político.”

He aquí una exposición textual, franca, descarnada pero tan real como la zozobra y el miedo. He aquí la descripción de unos seres con una resistencia moral superior a los demás seres vivos: las madres. Allá en Argentina las madres de Mayo frente a la dictadura. Aquí, las de La Candelaria, cuerpo monolítico de la obstinación y la entereza, no las derrota nada.