Historias‎ > ‎

Medellín, dos rostros, una identidad (Por Carlos Ossa. Publicado en la revista Historias Contadas No. 80)

publicado a la‎(s)‎ 14 mar. 2013 9:35 por Admin Comuna 10
Empecemos por la ciudad de la postal, la señalada para la vitrina. La que infla el pecho de empresarios y Administración Pública. La más educada –reza en la primera pretensión social- y la más innovadora es el último trino de la técnica y el diseño de avanzada. 
Y vaya si tiene para exhibir. Un metro de lujo, el único del país. Su metro cable como  prolongación aérea de semejante recurso de transporte. Su parque Explora, para no perder de vista el contacto con la ciencia. La plaza Botero, un orgullo que trasciende lo parroquial y se proyecta a lo universal. Es extensa la galería de atractivos que la ciudad ofrece al mundo en este siglo XXI. El parque Arví, el Planetario, el parque de los Pies Descalzos, el Museo de Arte Moderno, amén del bellísimo, refrescante y sorprendente Jardín Botánico que convierte la naturaleza en una perpetua exposición de asombro visual. Y quién dice que no se lo merece.
Pero pasemos la parte estética. La arrobadora, la luminosa, la relevante página de la capital montañera. Y entremos en un segmento de semi penumbra que también es nuestra ciudad. De pronto más voluminosa pero un poco inédita o por lo menos castigada con el silencio mediático de los registradores del acontecer cotidiano.
Y verdad que es preocupante lo que se desgrana en este otro rostro de la urbe. A las dos comunas en constante crisis de violencia como la 13 y la 8, se suma el sector de Robledo amenazado por uno de los tantos combos que impone su arbitrariedad, su fuerza y sus intereses. Para nadie es un secreto el cáncer de la extorsión y la vacuna que ha hecho metástasis en el débil organismo social de la ciudad. Se tiene la impresión que la mano del Estado para estas comunas está amputada. Un desdén administrativo que se traduce en pequeñas escaramuzas cuando la hematoma está crecida, pero lo esencial permanece intacto: las bandas imponen su ley.
Estos barrios populares, continúan siendo comunidades de tercera categoría para los voceros del Estado. Pero el centro de la urbe, no es propiamente un dechado de organización. El subempleo que es el único recurso de un colectivo creciente, está desbordado. El hacinamiento de informales en el centro y periferia del área metropolitana es sintomático.
Al socaire de este diseño urbano, no es de poca monta el regimiento que la dinámica cotidiana amplía: los menesterosos. Una masa que culmina por difuminar al individuo. Y que crece con las dificultades del país. Producto del conflicto rural y del conflicto urbano. Ese desplazamiento va desembocando en intensa pauperización de las  víctimas. Donde los más débiles van sucumbiendo y se los va tragando la ciudad. Y pasan a la mendicidad y de esta al alcohol hasta la degradación completa. Cuántos campesinos van engrosando esta fila de menesteroso. Y desde luego, citadinos que envejecen sin empleo, sin seguridad social, sin sustrato familiar, se ven abocados a este refugio miserable de la calle, la acera o el puente como destinatario último de su situación. 
---Puestas así las cosas, los menesterosos de nuestra orgullosa capital antioqueña, ya no son un lunar en la piel social, sino un expandido vitíligo. Existen aceras en el centro de la ciudad que a las siete antes meridiano, se constituyen en pruebas de equilibrio de los transeúntes, para evitar tropezar con uno de estos congéneres. Seres pisoteados en su interior, por una sociedad indolente y de sobremesa acosados por los vigilantes de cada sector. Seres humillados por una situación, que no les fue dada conocer por anticipado para intentar una solución, sino la de sufrir su consecuencia. Como en el poema de Jorge Zalamea, donde crece la audiencia, aquí crecen los olvidados, los desheredados, los sin fe, los desesperanzados.---
Claro que esto es un problema político, social, de Estado. No es avanzando sólo en la ciencia, en la técnica, en lo vericuetos de la cibernética donde se mide el desarrollo de un país o de una ciudad. No es mostrando el lado brilloso o seductor de una realidad lo que determina su estatus de civilización. Porque si todos los adelantos de la humanidad, la inteligencia y los recursos que comporta el poder, no han resuelto el problema del hambre, y en nuestra ciudad el vertiginoso acelere de la delincuencia en las comunas, cabría preguntarse: ¿De qué nos ufanamos?, ¿si nos cabe tanto, si nos pertenece tanto orgullo innovador?