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También se nos murió Alberto Aguirre. Por Carlos Ossa

publicado a la‎(s)‎ 16 ene. 2013 8:15 por Admin Comuna 10   [ actualizado el 16 ene. 2013 9:56 ]

 Ilustración: Daniel Gòmez 


En alguna ocasión se le ocurrió al jefe Bolchevique manifestar que la Apassionatta de Beethoven, era una de las pocas creaciones que lo hacían sentirse orgulloso de pertenecer a la raza humana. Pues bien, Alberto Aguirre fue uno de esos hombres que trasmitía esa idéntica concepción. Solo le faltaba morir para completar su cuadro de importancia. Una importancia que a él le trasmitía un alzarse de hombros. Ese “ya no me importa nada y sigo viviendo por güevón” en el preludio de su muerte, era la impronta de una personalidad auténtica. Y ser auténtico en país falsificado como el nuestro, era la prueba suprema del heroísmo.

Por algo estuvo exiliado en España por 3 años. Sin duda el carné social de pertenecer a los honestos y contestarios indeclinables. Era el más mortal y el más inmortal de los hombres de nuestra época. Es evidente que en sus últimos años, vivir le importaba un maravedí. Toda su lucidez, su capacidad cognitiva y su sensibilidad estética y social, la había volcado por completo entre sus contemporáneos. La maravilla superior del conocimiento consiste en hacer de la sorpresa una cascada perpetua. Y Aguirre era un miembro adelantado de esta escuela del conocimiento.

Con el maestro desaparece el último de los mohicanos. Esa generación de moralistas que con el tiempo y asesinos de estado han ido diezmando. En un medio banalizado como el nuestro, se erguía como un índice acusador a las tropelías del poder y a la complicidad de los lúcidos sin ética. Infundía ese respeto de las grandes conciencias. La desventaja frente a él en cualquier área del conocimiento era ostensible. No sé cómo me pude colar en su bienaventurada porción amistosa. Sospecho que las lecturas de Aura López su compañera de siempre -hermosa voz- que venía haciendo con mis poemas de entonces, en concomitancia con el azar, me obsequiaron esta generosidad.

Desgrano dos anécdotas con el maestro: la primera, en su librería cuando funcionaba en Sucre, Coincidimos una mañana Aguirre, Héctor Abad Faciolince y el suscrito. Aproveché la ocasión para identificarme frente a Héctor. Dado que colaboraba con la revista Universidad de Antioquia que él regentaba, sin conocimiento personal entre él y yo. Faciolince le aclaró al maestro que nos conocíamos por pelea epistolar. Lo que había dado lugar a mi incursión en la nómina de los reseñadores de la revista. Aguirre cerró diciendo que la pelea era la forma más limpia de ingresar a la amistad. La segunda, ocurrió en Versalles. A raíz de la muerte de su hija, lo observé minado como si a esa desesperanza metafísica, se le hubiese integrado la desesperanza cotidiana. Me estremeció su tono irrepetible del que no lo alivia nada. La llegada de un tercero ala escena, me obsequió la oportunidad de una nota breve pero solidaria con su dolor. Se la leí, me abrazó y sus ojos se convirtieron en material delicuescente.

Nacido en el departamento más godo del país, sus posturas de avanzada se constituían en blasfemias cotidianas. Era un demócrata paradójico. Defendía todas loas causas populares, en lo político desde luego, que irrigaba lo social y cultural. Pero la encendía contra los géneros populares de la música como el tango o el bolero. Con este último me sentí tan ultrajado que debí enfrentarlo con un artículo que titulé “Permiso maestro lo pellizco” y que entregué en forma personal. Su demasiada estatura intelectual no permitió la menor fisura en nuestra amistad.

Uno albergaba frente al maestro Aguirre la secreta utopía de que fuese inmortal o que muriera cuando le viniera en gana. Vivía a la enemiga. Pareciera que todo lo terrenal lo ofendiera. Ningún tema le era ajeno. Era un mosaico profundo del saber humano; sostenía una mentalidad desmesurada. Implacable y generoso, fluctuaba entre la crítica ácida a los abusos del poder y la nobleza con los aspirantes a escritores.

 Ahora empieza lo inevitable: la proyección de su grandeza. Incluso la reconocida por sus contradictores y enemigos. Sólo en la ausencia empezaremos a entender semejante riqueza espiritual. Tamaña dimensión ética. Y esa conciencia social y política y pertinaz que lo colocaba entre los imprescindibles. Que tu cuadro de lucidez nos siga habitando por los días de los días así sea.